
A principios de los años setenta muchos de los teóricos
de las ciencias sociales no consideraban a la comunicación como un objeto de
estudio que mereciera una disciplina específica. Ello se explica por el hecho
que, hasta bien entrados los sesenta, los investigadores que se interesaban por
el fenómeno de la comunicación eran psicólogos, sociólogos, matemáticos o
politólogos. En esos momentos, no existía campo académico de la comunicación en
sentido estricto: la comunicación era sólo un objeto de estudio, y no una disciplina o campo de
saber específico.
Cuarenta años después de iniciado el debate, algunos de
los que nos dedicamos al pensamiento en comunicación nos vemos con la necesidad
de retomarlo. La controversia sobre la
especificidad de la ciencia o ciencias que pueden y deben ocuparse de la comunicación sigue siendo
completamente abierta.
Una revisión de la historia del pensamiento
comunicacional pone de manifiesto el carácter fundamentalmente socio-céntrico
de esta disciplina, puesto que desde los
inicios de la investigación y el pensamiento sobre comunicación, ha sido
la sociología la que ha jugado un papel primordial en el abordaje de los
fenómenos comunicativos. Ya la Escuela
de Chicago, durante la primera mitad del siglo XX, desarrollaba un enfoque
general de la teoría social, subrayando el papel de la comunicación en la vida
social. Pese a que dentro de esta escuela tuvieron más difusión los trabajos de
Park (1921; 1952; 1967) y Burgess (1921; 1964) sobre sociología urbana, no
puede negarse la importancia de los estudios de Cooley (1909), Dewey (1952) y
Mead (1968), básicos para la futura
construcción de la comunicología posible. El aporte básico de la Escuela de Chicago fue el considerar a la
comunicación no como la simple transmisión de mensajes, sino como un proceso
simbólico mediante el cual una cultura se erige y se mantiene. De hecho, fue
Charles Horton Cooley el autor de la primera obra que brindó un análisis moderno de la comunicación: Social Organization (1909). Para Cooley,
el Yo individual se forma como una entidad social sólo a través de la
comunicación. Esta perspectiva es semejante a la de su discípulo, George
Herbert Mead, cuya propuesta de
conductismo social privilegió a la comunicación en la construcción del sí mismo.
Para Mead (1968), el
pensamiento es un acto esencialmente social, es decir, se desarrolla a través y
en la comunicación con el prójimo. Por último, para John Dewey (1952), máximo
representante del pragmatismo norteamericano, la comunicación es el fundamento
de toda relación humana, el proceso que une a los individuos y permite la vida colectiva.
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